Durante buena parte del siglo XX, crecimiento industrial y creación de empleo fueron casi sinónimos. Una nueva fábrica significaba cientos o miles de nuevos trabajadores y el desarrollo manufacturero era una de las principales vías para ampliar las clases medias.
Esa relación comenzó a romperse hace décadas.
Estados Unidos ofrece probablemente el ejemplo más contundente. En junio de 1979, el empleo manufacturero estadounidense alcanzó su máximo histórico: 19,6 millones de personas trabajaban en el sector. Cuarenta años después eran 12,8 millones. En ese período desaparecieron 6,7 millones de puestos, una caída del 35%, según el Bureau of Labor Statistics (BLS).
Pero hay un dato todavía más revelador. La participación de la industria en el empleo no agrícola estadounidense pasó del 22% en 1979 a apenas el 9% en 2019. La tendencia lleva casi medio siglo y atravesó gobiernos de distinto signo, ciclos de apertura y proteccionismo, recesiones y períodos de fuerte crecimiento económico.
Y continúa siendo visible. Un reciente análisis de la Reserva Federal de Cleveland señala que la industria manufacturera estadounidense sigue siendo grande en términos absolutos, pero su peso dentro del empleo continúa siendo muy inferior al de décadas atrás. La fuerza laboral industrial, además, se volvió más educada y la histórica ventaja salarial que ofrecían las fábricas se redujo, especialmente para los trabajadores con menor nivel educativo.

Menos trabajadores no significa necesariamente menos industria
Este es probablemente el punto más importante para entender el fenómeno. La caída del empleo industrial suele interpretarse automáticamente como una señal de desindustrialización. Pero producción y empleo no necesariamente se mueven en la misma dirección.
Durante décadas, la productividad manufacturera estadounidense aumentó mientras disminuía la proporción de trabajadores empleados por el sector. La Reserva Federal de St. Louis lo resumió recientemente de manera sencilla. Las fábricas producen más por trabajador y necesitan una proporción cada vez menor de la fuerza laboral de la economía.
La transformación comenzó mucho antes de la irrupción de China como gran potencia manufacturera mundial.
Máquinas más eficientes, automatización, software, robots y nuevas formas de organizar la producción permitieron fabricar una cantidad creciente de bienes utilizando menos horas de trabajo.
Es, en alguna medida, una historia que la economía ya conoció. Durante siglos, la agricultura necesitó una enorme cantidad de trabajadores. El aumento extraordinario de su productividad permitió producir muchos más alimentos con una fracción de aquella mano de obra. Los trabajadores se trasladaron primero hacia las fábricas y posteriormente hacia los servicios.
Con la industria parece estar ocurriendo desde hace décadas un proceso comparable.

No es solamente Estados Unidos
Si fuera exclusivamente un fenómeno estadounidense, podría atribuirse principalmente a la pérdida de fábricas frente a China, México u otros centros manufactureros. Pero los datos internacionales muestran algo más profundo.
Según la OCDE, la participación promedio de la industria manufacturera en el empleo de las economías del G7 cayó de alrededor del 23% en 1970 al 12% en 2023.
Corea del Sur constituye un caso particularmente interesante porque fue una de las historias de industrialización más exitosas de la segunda mitad del siglo XX. Allí, el empleo manufacturero alcanzó su máximo en 1989 y posteriormente comenzó a descender.
Eso no significa que todos los países hayan recorrido exactamente el mismo camino ni a la misma velocidad. Tampoco que sea indiferente tener o no tener una política industrial. Significa que a medida que una economía se desarrolla y aumenta la productividad, resulta habitual que una proporción menor de sus trabajadores esté directamente empleada en fábricas.
¿Tecnología o globalización?
Una de las grandes discusiones económicas de las últimas décadas intenta determinar qué parte de la caída del empleo industrial fue provocada por la automatización y qué parte por la globalización. No existe una respuesta única.
Un estudio de economistas de la Reserva Federal sobre la caída del empleo manufacturero estadounidense encontró evidencia tanto para las explicaciones vinculadas con el comercio internacional como para aquellas relacionadas con el cambio tecnológico. China y la relocalización de plantas tuvieron efectos concretos sobre determinadas regiones e industrias estadounidenses. Pero la automatización también modificó radicalmente la cantidad de trabajadores necesarios para producir. La robotización permite observarlo.
El estudio de la Reserva Federal de Cleveland recuerda que la densidad de robots en la industria estadounidense pasó de menos de 0,5 robots cada mil trabajadores en los años 90 a cerca de 30 en 2023. La evidencia analizada por el organismo muestra que la automatización puede elevar la productividad y el valor agregado al mismo tiempo que reduce la demanda de trabajo en las regiones y actividades más expuestas.
Alemania ofrece otro dato interesante. Investigaciones sobre su mercado laboral encontraron que los robots redujeron puestos dentro de la industria, pero buena parte de esas pérdidas fueron compensadas por nuevos empleos en los servicios. El efecto agregado sobre el empleo resultó así mucho menor que el efecto específico sobre las fábricas. El trabajo no necesariamente desaparece. Se desplaza.
¿Dónde están los empleos que antes estaban dentro de la fábrica?
Hay, además, otro fenómeno que vuelve engañosas algunas comparaciones históricas. Una fábrica de mediados del siglo XX concentraba dentro de la misma empresa muchas funciones que actualmente son realizadas por compañías especializadas: logística, sistemas, seguridad, limpieza, diseño, marketing, administración, ingeniería o servicios profesionales. Estadísticamente, esos trabajadores dejaron de pertenecer a la industria aunque parte de su trabajo continúe dependiendo de ella.
La Organización Internacional del Trabajo denomina a este proceso “servicificación” de la manufactura. Ya en 2011 estimaba que, en 40 países estudiados, 96,6 millones de puestos en servicios dependían de la demanda generada por cadenas manufactureras globales, casi el doble que en 1995.
Por eso una industria moderna puede generar mucho empleo alrededor suyo sin que todos esos trabajadores aparezcan en las estadísticas como empleados industriales.
La otra transformación es cualitativa. Las fábricas necesitan proporcionalmente menos trabajadores para determinadas tareas repetitivas, pero demandan perfiles diferentes: técnicos especializados, ingenieros, programadores, especialistas en automatización, mantenimiento, datos, robótica, logística y control de procesos. La Reserva Federal de Cleveland detectó precisamente un aumento del nivel educativo de quienes trabajan en manufactura.
¿Y la Argentina?
El debate resulta particularmente relevante para la Argentina porque muchas veces la evolución del empleo industrial se utiliza como sinónimo de la evolución de la industria.
Pero son dos variables diferentes.
Argentina puede discutir legítimamente cómo aumentar su producción manufacturera, atraer inversiones, exportar más, incorporar nuevas tecnologías o desarrollar proveedores industriales. Nada de eso garantiza, sin embargo, que las fábricas del futuro necesiten la misma cantidad de trabajadores por unidad producida que las del pasado. De hecho, competir internacionalmente probablemente exija exactamente lo contrario: aumentar la productividad con más eficiencia.
Eso no vuelve irrelevante a la industria como generadora de trabajo. Una mayor producción puede crear empleos directos y, además, multiplicar puestos en logística, software, servicios profesionales, mantenimiento, proveedores y otras actividades vinculadas. Pero obliga a reformular la mirada ya que el objetivo pueda no ser simplemente recuperar la cantidad o la proporción de empleo industrial que existía hace cuarenta o cincuenta años.
La OIT advierte, además, sobre otro riesgo para los países en desarrollo: la denominada “desindustrialización prematura”. Es decir, que el empleo manufacturero pierda participación antes de que un país haya alcanzado los niveles de productividad e ingresos de las economías desarrolladas y que esos trabajadores terminen desplazándose hacia servicios de baja productividad.
La distinción es crucial. No es lo mismo perder empleos industriales porque fábricas altamente productivas automatizan procesos y alrededor de ellas crecen servicios sofisticados, que perderlos porque cierran establecimientos y los trabajadores pasan a actividades de menor productividad.