La inteligencia artificial llegó a las empresas con una promesa difícil de ignorar: automatizar tareas repetitivas, liberar tiempo de los trabajadores y aumentar la productividad. Pero sus efectos sobre el trabajo pueden tener también otra cara.
Un nuevo documento de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) advierte que la incorporación de sistemas de IA puede generar riesgos para el bienestar mental y social de los empleados cuando deriva en mayor vigilancia, intensificación del ritmo de trabajo, pérdida de autonomía o incertidumbre sobre cómo se utilizan sus datos.
El informe, AI systems @ work: a changing psychosocial work environment, fue publicado por la OIT y analiza un aspecto menos explorado de la transformación tecnológica, no solamente qué empleos puede modificar la inteligencia artificial, sino cómo cambia la experiencia cotidiana de quienes continúan realizándolos.
La distinción es importante. La IA ya se utiliza durante prácticamente todo el ciclo laboral: selección de candidatos, asignación y organización de tareas, monitoreo de trabajadores, evaluación del desempeño y toma de decisiones. El efecto, por lo tanto, no se limita a la automatización. También puede modificar quién controla el trabajo, quién decide su ritmo y cuánto margen conserva una persona para decidir cómo realizarlo.

Cuando ser más eficiente significa trabajar más
Uno de los riesgos identificados por la OIT es la intensificación del trabajo. Una herramienta capaz de realizar determinadas tareas en menos tiempo puede reducir la carga laboral. Pero también puede producir el efecto contrario si ese aumento de productividad se convierte automáticamente en una expectativa de producir más durante la misma jornada.
La tecnología permite además medir con creciente precisión tiempos, resultados y comportamientos. Esa información puede servir para mejorar procesos y detectar problemas, pero también puede utilizarse para establecer objetivos cada vez más exigentes o controlar permanentemente el desempeño.
Así aparece una paradoja. Una tecnología diseñada para ahorrar tiempo puede terminar acelerando el ritmo de trabajo. La cuestión no es exclusivamente tecnológica. Depende de cómo las organizaciones transformen las ganancias de eficiencia en nuevas formas de organizar las tareas.
De supervisar el trabajo a vigilar al trabajador
La segunda preocupación es el crecimiento del monitoreo digital. Los sistemas basados en datos permiten registrar una cantidad cada vez mayor de información sobre la actividad de los empleados. En algunos trabajos pueden medir productividad, tiempos de conexión, ubicación, comunicaciones o diferentes patrones de comportamiento.
La OIT advierte que una vigilancia excesivamente intrusiva puede convertirse en un riesgo psicosocial. El problema se vuelve especialmente sensible cuando el trabajador desconoce qué información se recopila, para qué se utiliza o qué decisiones pueden tomarse a partir de ella.
La incorporación de inteligencia artificial agrega otra dificultad. Algunos sistemas procesan grandes volúmenes de información y generan recomendaciones o decisiones cuyo funcionamiento puede resultar poco transparente incluso para quienes los utilizan.
Esto abre interrogantes que empiezan a llegar directamente a Recursos Humanos: qué datos de los trabajadores necesita realmente una empresa, quién puede acceder a ellos, durante cuánto tiempo deben conservarse y qué decisiones laborales pueden delegarse en un algoritmo.
El valor de conservar autonomía
Otro de los puntos centrales del informe es la autonomía. La IA puede ayudar a un trabajador a tomar mejores decisiones ofreciéndole información, recomendaciones o asistencia. Pero también puede determinar automáticamente horarios, recorridos, prioridades, tareas o ritmos de producción.
En ese segundo escenario, parte de la capacidad de decisión que antes tenía el empleado pasa al sistema. La autonomía no es solamente una cuestión vinculada con la satisfacción laboral. Forma parte de los factores que determinan el entorno psicosocial del trabajo, junto con la carga laboral, el ritmo, la claridad de las funciones, los horarios y la calidad de la supervisión.
Por eso la discusión sobre inteligencia artificial comienza a cruzarse con otra conversación que las empresas vienen manteniendo desde hace años: la del bienestar.
El problema no es necesariamente la tecnología
La OIT no plantea que incorporar inteligencia artificial produzca inevitablemente peores condiciones laborales. De hecho, la tecnología puede reducir tareas tediosas o peligrosas, mejorar la organización y permitir que los trabajadores dediquen más tiempo a actividades de mayor valor.
Un caso citado por la propia organización muestra hasta qué punto el resultado puede depender de la implementación. Una empresa de telecomunicaciones desarrolló junto con sus técnicos de campo un sistema para organizar el trabajo. En lugar de introducir la herramienta como una decisión exclusivamente tecnológica o gerencial, los trabajadores participaron de su diseño.
El resultado fue una mejora del 10% en la productividad y una reducción de más de un tercio en las ausencias relacionadas con la salud mental. La experiencia apunta a una diferencia relevante: no es lo mismo utilizar inteligencia artificial para controlar al trabajador que diseñarla junto con él para resolver problemas de su trabajo.
Hasta ahora, en general la inteligencia artificial estuvo pensada en relación con la productividad, la automatización y la capacitación. El trabajo de la OIT agrega una cuarta dimensión: cómo cambia la organización del trabajo cuando la IA empieza a intervenir en decisiones que antes tomaban personas.
Para Recursos Humanos eso implica participar desde el comienzo en la implementación de estas tecnologías y no solamente intervenir cuando aparecen sus consecuencias. Significa preguntarse qué tareas se automatizarán, pero también qué ocurrirá con la carga laboral restante; qué información recopilarán los sistemas; cómo se explicarán las decisiones automatizadas; qué grado de autonomía conservarán los empleados y de qué manera podrán participar en el diseño de las herramientas que afectan su trabajo.