Cuando el trabajo cambia de lugar. Impacto Humano y Organizacional

Cuando el trabajo cambia de lugar. Impacto Humano y Organizacional

Hay una edad en la que el trabajo deja de ser solo un medio. Podríamos ubicar este escenario alrededor de los 40 años. No como fecha exacta ni regla universal. A veces ocurre antes o después. Pero suele aparecer en la adultez, cuando miramos hacia atrás y reconocemos lo que veníamos haciendo: estudiar, trabajar, demostrar, sostener, crecer, pertenecer, cumplir metas, armar una identidad. 

El despertador suena. La agenda espera. La rutina sigue. Uno continúa haciendo lo mismo. Pero algo ya no regresa igual al hogar. Empieza a aparecer una incomodidad. Esa sensación de que el día laboral terminó, pero algo adentro quedó abierto. Y aparece la pregunta que antes no se hacía: ¿Para qué trabajo realmente? 

Durante muchos años el trabajo estuvo asociado a avanzar. Ascender. Demostrar. Ganar experiencia. Cumplir objetivos. Sostener una casa. Sentir que uno podía. Y todo eso tiene valor. Muchas veces esa primera parte de la vida consiste en encontrar un lugar en el mundo, aprender las reglas, pagar cuentas, hacerse un nombre. Pero llega un momento en que ese piso pide ser revisado. 

A veces no ocurre porque todo esté mal. Ocurre cuando el juego empezó a funcionar. Cuando podríamos seguir ganando. Y, sin embargo, algo adentro pregunta si queremos seguir jugando esa partida. Hay victorias que se parecen demasiado a una derrota íntima. Porque no todo éxito nos pertenece. A veces conseguimos aquello que alguna vez deseamos y, aun así, sentimos que algo no encaja. No por ingratitud. Sino porque una parte más profunda empieza a pedir otra cosa: sentido, coherencia, disfrute, libertad. No es una crisis de cansancio. Es una crisis de sentido. No es que uno ya no quiera trabajar. Es que ya no quiere hacerlo de cualquier manera. 

A Freud se le atribuye una idea simple y profunda: una vida adulta necesita poder amar y trabajar. Más allá de la exactitud de la cita, algo de esa frase nos toca: amor y trabajo ponen en juego quiénes somos. Por eso, cuando el trabajo pierde sentido, no tambalea solamente una ocupación. Tambalea algo íntimo: la manera en que nos reconocemos en lo que hacemos. 

En Recursos Humanos uno aprende que detrás de cada trayectoria hay más que un currículum: hay historia, deseo, necesidad y búsqueda. La pregunta ya no es solamente qué hago. Es quién soy cuando hago lo que hago. 

Erik Erikson llamaba generatividad a la necesidad de dejar huella o construir más allá de uno. Dicho simple: llega una edad en la que ya no alcanza con crecer uno. Aparece el deseo de que algo de lo que somos pueda servirle a alguien más. Porque trabajar no es solo ocupar un puesto, tener un cargo o recibir un ingreso. Trabajar es entregar tiempo de vida. Es poner a disposición cuerpo, inteligencia, energía y presencia para transformar algo del mundo. Siempre entregamos algo que no vuelve: tiempo. Y a cierta edad el tiempo empieza a hablar más fuerte. Aparece la conciencia de la finitud. Sabemos que la vida termina. Que no podemos postergar para siempre aquello que sentimos propio. Pero esa certeza también tiene otra cara: justamente porque la vida tiene fin, podemos elegir cómo vivirla. La muerte no le quita valor a la vida. Se lo recuerda. 

Por eso la pregunta por el trabajo nunca es solamente laboral. Es existencial. ¿A qué le estoy entregando mi vida? No todos tenemos el mismo margen para elegir. La necesidad económica, la educación, las oportunidades y el contexto social también escriben el camino. Pero aun cuando el margen es pequeño, la pregunta por el sentido sigue siendo humana. A veces no se trata de patear el tablero. A veces alcanza con doblar unos grados el volante para cambiar el destino del viaje. Tal vez podríamos decirlo así: una primera parte de la vida suele estar más ligada a pertenecer, responder expectativas y construir identidad. Pero en algún momento aparece otra necesidad: no solo pertenecer, sino ser. No solo ocupar un lugar, sino preguntarnos si aún nos representa. Por eso muchos volvemos a buscar el deseo propio. El auténtico. El que no viene del mandato, ni del currículum, ni de lo que “debería ser”. El que no grita, pero espera en silencio hasta que dejamos de vivir solamente desde la mirada de otros. Quizás ahí empieza la madurez laboral: cuando trabajar ya no es sobrevivir, sino vivir de una forma que tenga sentido. No se trata de una vida perfecta. Se trata de no vivir una vida prestada. De mirar el camino sin despreciarlo, pero sin quedar preso de él. La pregunta abre. La etiqueta cierra. 

Una etiqueta parece explicar, pero muchas veces reduce. Una pregunta, en cambio, deja lugar para la singularidad: no le dice al otro quién es, lo invita a escucharse. Y tal vez este momento de la vida no llegue para darnos respuestas, sino para devolvernos preguntas más propias. 

¿Esto que hago se parece a quien soy? 

¿A qué le estoy entregando mi tiempo?

 ¿Qué vida quiero dejar de postergar mientras todavía estoy a tiempo de vivirla?

Compartir el post:

Posts Relacionados