Las últimas pruebas PISA, tomadas a estudiantes de 15 años en todo el mundo, mostraron un retroceso generalizado en el rendimiento. Argentina no fue la excepción: registró su peor resultado desde 2006, ubicándose en el puesto 72 sobre 91 países evaluados. En América Latina, quedamos octavos, apenas por encima de El Salvador, Paraguay y República Dominicana.
Hace un mes, el 12 de agosto, en esta misma revista publicamos una nota sobre la caída de la natalidad y su impacto en el mercado laboral futuro. Cruzando ambas informaciones, el panorama se vuelve más nítido, y más urgente.
Detrás de los resultados de PISA hay varios factores, y casi todos están vinculados a la tecnología. Las pantallas, los celulares, las tablets, la inteligencia artificial. Todo eso nació para darnos soporte en la vida cotidiana, el trabajo, el estudio y el entretenimiento. Pero como todo exceso, su uso desmedido está llevando a estas herramientas a un rol para el que no fueron pensadas.
Sigo creyendo en la casa y la escuela como pilares del aprendizaje. La lectura mejora la comprensión y la expresión, pero también nos da herramientas para comunicarnos bien. No reniego de la tecnología (la uso todos los días), pero no le permito que decida por mí. Ni le creo todo lo que me dice sin chequearlo antes en otras fuentes.
La pregunta que me hago, y que le hago a quienes dan por válida y copian la primera respuesta que encuentran, es simple: ¿para qué estamos si no es para pensar? ¿Qué huella vamos a dejar? ¿Qué valor agregamos a lo que hacemos y en qué nos diferenciamos? Si todos nos limitamos a repetir lo que dice la IA, el resultado será, en el mejor de los casos, más o menos parecido para todos.
Esta es apenas una lectura de lo que puede pasar si no empezamos a fijar pautas claras sobre el uso de la tecnología, primero en las aulas y los centros educativos, y también en el trabajo, donde la tendencia muestra dos extremos igual de preocupantes: el uso sin ningún control, o la contratación de herramientas de IA que después no se usan por desconocimiento de cómo aplicarlas.
La otra cara: la caída de la natalidad
Volvamos a la caída del 40% en la natalidad, ahora con foco en el mercado laboral, que es lo que nos convoca en este medio.
El problema tiene dos tiempos. En el corto plazo, es decir, los próximos 3 a 5 años, vamos a enfrentar escasez de formación en quienes deberían estar ingresando al mercado laboral. En el mediano plazo, digamos los próximos 10 años, si la tendencia de baja natalidad se mantiene, no sólo va a persistir la baja formación sino que el universo de mano de obra disponible va a ser mucho más limitado.
Es muy probable que esa mano de obra no alcance para cubrir lo que las empresas necesiten, más allá de cuánta tecnología hayan incorporado. Las empresas evolucionan al ritmo de la tecnología; las personas, no. Por eso tenemos que animarnos a generar escenarios más incómodos hoy. La comodidad del presente puede convertirse en la incomodidad del desarrollo futuro.
No creo que la tecnología vaya a manejar cada espacio de las empresas. Un país se sostiene con empresas, con personas que trabajan en ellas y con el consumo que esas personas generan. Así funciona la rueda, así nos retroalimentamos. Tampoco reniego de una tecnología que puede mejorar la eficiencia de las personas en distintos ámbitos, incluido el laboral.
La oportunidad: una fuerza laboral más mixta
Todo esto va a modificar la edad promedio de la fuerza laboral. Ante la caída de la natalidad, va a ser necesario extender la edad de actividad de quienes hoy tienen 40 o 50 años. Ahí veo una oportunidad. En esa mezcla generacional entre quienes recién ingresan al mercado y quienes ya están en él, puede lograrse un intercambio de conocimiento y de estilos que encuentre una medida justa. Ni tan tecnológico, ni tan manual.
Si la curva de natalidad no se revierte, la tendencia de acá en más será hacia una mejora en la eficiencia entre las personas y la tecnología, en un mundo que va camino a ser más pequeño.
El autor es Director de recursoshumanos.com.ar