Alberto Lapicki: “El factor preponderante en toda persona exitosa es la pasión, es el motor de todo”

Fundador de Solanatile y presidente de Hidroquímica Americana, convirtió cada crisis en oportunidad. Hijo de inmigrantes polacos, combina la curiosidad del inventor, la disciplina del trabajador incansable y la mirada profunda del estudioso del Talmud

Hijo de inmigrantes polacos que llegaron al país en la década del 20, su abuelo caminaba desde Liniers hasta el puerto para, con su trabajo, pagar los estudios de su papá, que estudió en el Otto Krause. Así empezó todo. Desde muy joven Alberto Lapicki tuvo curiosidad por aprender y por hacer cosas nuevas. 

“A los 14 años emigré a Israel, viví en un kibutz, luego en Tel Aviv, donde terminé la secundaria −cuenta−, y más tarde volví a Buenos Aires. Después de algunos años y de cursar arquitectura, me radiqué en Estados Unidos. Allí trabajé en construcción, y antes de los 30 ya había levantado un edificio propio. Pero más tarde vino una gran crisis: me fundí, y volví a empezar. Varias veces”.

Cuando regresó a la Argentina, en los noventa, fundó Solanatile, donde desarrolla el proceso de hidrolaqueado ecológico para pisos de madera. “Luego creamos la Microgoma −continúa−, un revestimiento producido con biopolímeros y neumáticos reciclados. Hoy exportamos a Brasil, Uruguay, Chile, Perú, Paraguay y Bolivia. Siempre tuve curiosidad: de chico desarmaba radios y planchas para ver cómo funcionaban. Me gusta aprender, porque uno no sabe lo que puede hacer hasta que lo intenta”.

¿Cómo fueron esos primeros pasos laborales?

−Empecé a trabajar muy joven, a los 14 años. Aproveché una oportunidad del gobierno israelí y me fui a vivir a un kibutz. Trabajaba en el campo y estudiaba lo que podía. Después de un tiempo, mis padres intentaron vivir en Israel pero no lograron adaptarse. Fui a vivir a la ciudad con la esperanza de volver a estar con ellos y sentirme querido. Nunca sucedió. Tenía que cubrir mis necesidades económicas, pero también necesitaba sentir libertad, poder viajar, hacer lo que me gusta. Soy locamente curioso desde que nací.

−¿Podemos decir que la curiosidad fue el motor que lo llevó por tantos caminos?

−Soy muy movedizo. Me gusta todo, tengo mil hobbies. Lo primero que recuerdo es desarmar radios, planchas, arreglar todo lo que encontraba en casa. Un día mi hermano tomó clases de guitarra y terminé aprendiendo yo, de oído. Descubrí que tengo oído absoluto, no sé para qué, pero lo tengo. En el kibutz aprendí muchísimas tareas. Me probaron en distintos lugares y descubrieron mis habilidades manuales. Más tarde cursé en un instituto, hice cuarto año completo y terminé quinto libre. Así obtuve el bachillerato en Israel. Fue difícil. El idioma era una traba enorme. En su momento no entendía para qué había estudiado tanto hebreo, pero hoy me alegra hablarlo como un israelí.

−¿Le resultó importante dominar el hebreo por una cuestión religiosa o por algo más?

−Con los años, sí. Hace treinta años, cuando volví a la Argentina, mi esposa comía kosher y yo empecé a hacerlo también. Nos fuimos acercando más a la tradición, pero lo que más me interesó fue la filosofía de la Torá, la enseñanza sobre la creación. Mis abuelos no me habían transmitido nada. Pasé de no leer ni un titular de diario a terminar de estudiar el Talmud hace seis meses. Me llevó dieciséis años, me levanto todos los días a las seis y diez de la mañana para estudiarlo. Fui a una yeshivá a los 52 años; una locura total.

−Volviendo a esa etapa en Israel, ¿qué ocurrió después?

−Regresé a la Argentina, estuve unos años, pero no me hallaba. Llegué a vender libros casa por casa. Luego trabajé con mi padre haciendo planos municipales. Tenía 18 años. Diseñé un country que hoy se llama CISAB. Entró en tres estudios de arquitectura y eligieron mi proyecto. Aunque después cortaron mi nombre y pusieron el de otro arquitecto, el diseño original era mío. Después volví a Israel porque extrañaba. Estuve unos meses, hasta que se acercaba el servicio militar. No quería ser una carga para mi hermano, que tenía familia, así que decidí regresar a Buenos Aires. Tuve una pequeña empresa de pisos de madera en el country CISAB. Me iba muy bien para mi edad. En una época en que todos trabajaban con el padre, yo hacía mi propio camino. Todo resultaba difícil, pero lo disfrutaba. Hasta que un día, tocando música en San Isidro, conocí a unas chicas norteamericanas que me invitaron a Washington D.C. Les dije que sí… y terminé yéndome a vivir allá, de paracaidista. Los primeros meses fueron durísimos. Sufría una soledad terrible, no conocía a nadie. Trabajaba en una constructora, no me alcanzaba el dinero, y Washington es una ciudad carísima. Me llamaba por teléfono a mí mismo y dejaba mensajes, solo para no sentir el vacío de no tener ninguno. Un día, una chica con discapacidad me invitó a un concierto de James Taylor, uno de mis músicos favoritos. Luego me llevó a una fiesta, donde conocí a un grupo que me cambió la vida. Me invitaron a vivir con ellos, sin hacerme preguntas. A partir de ahí todo cambió. Después empecé a poner cerámicas en casas. Me recomendaron y comencé a ganar bien. Pasé a cobrar 900 dólares por semana, cuando mis amigos ganaban 1200 por mes. Era una fortuna. Más tarde me dieron mi primera casa para remodelar. Trabajé muchísimo, con esfuerzo. Llegué a participar en licitaciones y a entrenar personal. Trabajé seis o siete años con mis manos, hasta destrozarme las rodillas y las manos. Un amigo me convenció de comprar una casa en el barrio más caro de Washington. La remodelé con materiales que encontraba en los tachos de basura. Vendí esa casa y obtuve 83.000 dólares. Con eso compré mi primer edificio y lo fui remodelando. A los pocos años tenía propiedades, amigos, fiestas, vida social intensa. Pero en 1991 subieron las tasas de interés, me cancelaron proyectos y no pude vender mis propiedades. Todo se derrumbó. Probé suerte en Puerto Rico, trabajando en una fábrica de chalecos antibalas. No me gustó. Así volví a la Argentina con 10.000 dólares prestados. Ya en Buenos Aires, fui a la casa de unos amigos que iban a un curso. Fui con ellos y conocí a una mujer que me encantó. Era divorciada, la invité a tomar algo en moto —aunque no le gustaban las motos—, y hoy es mi esposa. Todo lo que logré desde entonces, lo hicimos juntos.

−¿Cómo surgió este renacer en Argentina?

−Empecé de cero. Traje las ideas que había desarrollado en Estados Unidos y fundé Solanatile. Introdujimos el hidrolaqueado para pisos de madera. Al principio no pasaba nada, hasta que Eugenia Solana lo adoptó y el producto explotó. Luego importé resinas de Zeneca y comencé a fabricar lacas al agua. Llegamos a tener el 80% del mercado. El 2001 fue un desastre, nos fundimos. Con ayuda de un amigo y un nuevo socio, rearmamos la empresa. Más adelante desarrollamos Microgoma, un producto hecho con neumáticos reciclados que hoy exportamos a toda América Latina.

−A lo largo de su historia aparecen cualidades, como curiosidad, disciplina y capacidad de reinventarse. ¿Qué otras considera esenciales?

−El factor preponderante en toda persona exitosa es la pasión. La pasión es el motor de todo. Siempre les digo a los jóvenes: trabajen con pasión, incluso si el trabajo no es el ideal. Si alguien te da una oportunidad, devolvela con entrega.

−Hoy se dice que los jóvenes están apáticos, que se desaniman fácilmente. ¿Qué piensa?

−La información viaja muy rápido. Ven historias de gente que se hace millonaria en poco tiempo y creen que eso es lo normal. Pero no lo es. Hay que tener paciencia. Nunca hubo tantas oportunidades como hoy. Conozco chicos de 14 años que ganan dinero creando contenido y estudian al mismo tiempo. Eso es maravilloso, pero no reemplaza el esfuerzo ni la formación.

−Usted ha sido líder en todos los proyectos que emprendió. ¿Cómo define su liderazgo?

−Cuando alguien dice que algo no se puede hacer, está hablando de sus propias limitaciones, no de las tuyas. Cuando empecé a usar envases plásticos para pinturas, todos me decían que acá se usaban latas. Hoy todos usan plástico. Si te copian, es buena señal: significa que hiciste algo bien.

−¿Qué le aportaron sus experiencias internacionales?

−Una perspectiva diferente del mundo. Los idiomas, las culturas, todo eso te enriquece. Aprendí inglés viviendo afuera, escuchando a la gente hablar en los restaurantes. Lo mismo con el hebreo. Eso te da una apertura enorme. Viajar te da soltura. En mi caso, que soy curioso, me encanta observar cómo vive y consume la gente en otros países. A veces dicen que quien mucho abarca, poco aprieta. En mi caso, no lo creo. Me interesa mucho y estudio todo lo que hago. También escribo, es un hobby que me apasiona. Durante la pandemia empecé a escribir guiones; contraté a alguien que me enseñó y sigo aprendiendo. El mejor consejo que puedo dar es: buscá qué te gusta, trabajá con alguien exitoso en ese campo, aprendé todo lo posible y después independizate. Esa es la mejor universidad que existe.

−Muchos argentinos se han ido del país buscando oportunidades. Usted, en cambio, volvió.

−Argentina es, socialmente, el país más lindo del mundo para vivir. Hay una calidez humana única. Acá la amistad es una profesión. El café, las visitas, la cercanía. En Estados Unidos la gente ve a sus nietos dos veces al año; yo los veo todas las semanas. Tengo a mis cuatro hijos a doscientos metros de casa. Eso no tiene precio. Además, hay talento de sobra. Empresas como Mercado Libre, Arcor, INVAP… todo eso nació acá. Hay oportunidades, aunque cuesten más.

−¿Qué papel juega el talento humano en su empresa?

−Fundamental. Rodearse de gente idónea lleva tiempo, pero vale la pena. Busco personas que aprendan, que se animen a hacer cosas. Muchos de los que trabajaron conmigo hoy tienen sus propias empresas, y eso me llena de orgullo. Un ex empleado me dijo hace poco: “Todo lo que tengo es gracias a usted”. No es cierto porque él se lo ganó, pero me emocionó. Esas son las ganancias más grandes.

−¿Qué consejos daría a quien empieza un emprendimiento?

−Que se anime a consultar con gente exitosa en su rubro. Que aprenda a escuchar, que esté dispuesto a cambiar lo que no funciona y que confíe en los demás.

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