Ciertos temas de la vida tienen una muy larga historia, una historia que captamos con mayor claridad cuando, mayormente, estamos un poco más despiertos y algo más sabios que en años anteriores. Por ejemplo, cuando cumpliendo el cumpleaños cuarenta miramos hacia atrás, podemos sentir una mezcla de aprecio, vergüenza y buen humor observando la manera, claramente más torpe o menos creativa, con que manejábamos ciertos asuntos diez o quince años antes. Estamos con el diario del lunes, con todo lo que esto puede implicar.
La memoria, como presencia del pasado, puede ser aliada o una carga, según el vínculo que construimos con ella. Gratitud y perdón cultivan aprecio y libertad y nos abren a un presente de disfrute, así como a un futuro condimentado con esperanza. Otras opciones como variantes de vergüenza y resentimiento nos llevan por caminos menos luminosos. Memoria, atención y expectativa son los estados, en el fondo de carácter espiritual, que San Agustín otorgó al tiempo. De carácter espiritual, supongo, porque nacen de decisiones y actitudes y porque pueden ser modificados.
Hoy vivo, mayormente, desde la gratitud y el perdón, o me esfuerzo mucho para hacerlo. También sigo creyendo que la amorosidad no es la única manera de vivir la vida, pero que es la manera más valiosa. Es, para mí, la presencia que sentí la que me llevó al seminario durante mi adolescencia y la presencia que sigo discerniendo como inspiración, oferta y fin. Intentar vivir conectado con esta misma presencia cálida, misteriosa, amorosa y nutritiva es un desafío hermoso. Coachear y hacer consultoría también.
Explorando mi memoria desde un presente, dentro de todo, sereno, puedo captar el que es uno de los hilos conductores de mi vida y que ha sido una parte integral de mi norte. Tiene que ver con acompañar, lo más amorosamente posible, a personas en procesos de cambio y en su discernimiento de su propio norte. El cambio puede ser en un dominio específico de la vida, como la actividad profesional, o en un vínculo personal, o puede ser relacionado con el proyecto de la vida misma. Mis estudios en filosofía, teología y psicología, con dos maestrías y un doctorado cursado en el último caso, junto con más de cuarenta años de vida profesional, me han enseñado algo: la importancia de tener alma de aprendiz.
A los dieciséis años tomé la decisión de entrar en un seminario. Era una especie de combinación de universidad y monasterio que, en un camino de siete años, me preparaba para la ordenación sacerdotal católica. Las carreras eran de filosofía, seguida por teología, y con muchos meses de retiros. El estilo de vida era estructurado. Oración en comunidad tres veces por día, misa diaria, silencio para meditación y estudio, mantenimiento de las instalaciones, es decir, de limpieza y de ordenamiento de cocina y comedor. Todo esto otorgaba un ritmo estable y facilitaba un equilibrio entre vida interior y exterior, tanto individual como comunitaria. Me acuerdo también del compañerismo, las risas, el compartir profundo y todo el arcoíris emocional de una vida comunitaria humana. Las rutinas pueden fomentar cierta autonomía funcional que conllevan el riesgo a perder el “para qué” por estar sumergidos en el “como”, pero, a la vez, hacen posible la disciplina nutritiva necesaria para aprender a creer, amar y crear. Lo que más tengo presente es lo fácil que es declarar amor y lo difícil que es vivir en coherencia con lo declarado. Sonriendo me acuerdo de cómo nos sosteníamos desde nuestras fortalezas y nos poníamos a prueba desde nuestras debilidades. En fin, sería fácil amar solamente lo que nos gusta, tanto en nosotros mismos como en los demás.
Aprender a amar. Quizás sería un lema espectacular no solamente para un seminario sino par la vida misma. Esforzándonos para ser mejores personas también nos preparábamos para ser acompañantes, directores espirituales, organizadores y celebrantes del culto. Por supuesto, no se trataba de ritual mecánico sino de la celebración alegre y amorosa de la presencia de un amor profundo y misterioso. Nos dimos cuenta al salir al mundo que también, según el contexto, nos tocaba traer consuelo en momentos de gran dolor y ser interventores sociales además de administradores de instalaciones.
Lo que veo, mirando literalmente cincuenta años hacia atrás, es cómo el entorno fomentaba un equilibrio sabio entre crecimiento interior, capacidad para crear y nutrir vínculos de confianza y el establecimiento de estilos conductuales guiados por la coherencia. Mirando hacia atrás veo que se trataba de una comunidad de fe y amor buscando vivir desde la constancia, la compasión, la contemplación y el coraje. En ese momento era un adolescente en medio de personas que tenían más años que yo, inseguro, necesitado de amor y aprecio e intentando crecer. Por suerte sigo así, necesitando amor y aprecio, y con ganas de crecer, cincuenta años después.
Por suerte he aprendido a amar mejor y a ser una mejor oferta para los demás. Por suerte tengo al lado una esposa y dos hijas que son mis maestras más grandes en el amor. Por suerte tengo mucho más para aprender.
Acompañar a personas en procesos de cambio y de búsqueda de rumbo es un privilegio y un tremendo desafío. Dediqué más de veinte años de mi vida al seminario y al ministerio. Entré en crisis unos cinco años antes de decidir salir. Se trataba de asuntos de carácter ontológico, es decir, de identidad profunda acoplada con vida cotidiana personal e interpersonal. Lo que me guio, ancló, y hasta me rescató, fue el norte que había intuido a los quince años: el “para qué”, es decir, acompañar a otros. El “cómo”, por un total de veintiún años, habían sido el seminario y el ministerio católico. Ahora, a los treinta siete años, elegía cambiar ese “cómo”. Trabajar como consultor y coach es, para mí, otra manera de vivir aquel “para qué”: sumarme como socio, recurso y presencia nutritiva a los que buscan rumbo es una constante.
El coaching es un modelo muy especial ya que implica potenciar el creativo responsable en cada cliente o coacheado. La consultoría me permite el diseño de soluciones y la oferta de sugerencias de mi parte. Ambos estilos no quitan de la espalda de mis consultantes y coacheados el momento clave de elegir o de decidir por ellos mismos. Como psicoterapeuta ayudo a personas a sanar heridas y a ponerse en condiciones para ser coacheadas.
En el fondo, la clave es vivir el para qué. Y, para enriquecer la búsqueda, conviene que ciertas preguntas de mayor trascendencia, no falten. Las dejo, con mis mejores deseos, como cierre.
¿Qué es, en tu vida, un medio y qué es un fin?
¿Cuál es, para vos, la diferencia entre elegir algo o a alguien como un medio
o como un fin?
¿Qué te animás a declarar como posible?
¿Cómo podés vincularte con esta posibilidad desde el compromiso?
¿Qué dice la amorosidad a lo que está ocurriendo?
El autor es Master Coach y Director del Instituto de Estudios Integrales
raydalton.iei@gmail.com
