Durante años, cobrar un salario en dólares fue una aspiración para muchos trabajadores argentinos. En una economía marcada por las devaluaciones y la inflación, tener ingresos en moneda estadounidense parecía ofrecer una protección que el peso no podía garantizar. Sin embargo, los cambios económicos de estos últimos tiempos modificaron esa ecuación y abrieron una pregunta que ahora cobra especial relevancia: ¿conviene cobrar en pesos o en dólares?
La discusión adquirió una nueva dimensión este 2026. En marzo, la Ley de Modernización Laboral 27.802 modificó el artículo 105 de la Ley de Contrato de Trabajo para establecer expresamente que los salarios pueden pagarse en moneda nacional o extranjera. Cuatro meses después, el Banco Central habilitó las cuentas sueldo en dólares, facilitando la instrumentación bancaria de esas remuneraciones.
Ambas decisiones ampliaron las posibilidades de las empresas para diseñar sus esquemas de remuneración y de los trabajadores para recibir sus ingresos en otra moneda. Pero también volvieron más pertinente una discusión que hasta hace poco parecía tener una respuesta bastante obvia. Porque cobrar en dólares no es necesariamente lo mismo que proteger el salario contra la inflación.

Mucho antes de los cambios normativos de este año, distintas empresas, especialmente del sector tecnológico y de servicios profesionales, ya utilizaban esquemas de compensación vinculados al dólar. Algunos trabajadores recibían parte de sus ingresos en moneda extranjera, mientras que otros negociaban remuneraciones cuyo valor se establecía tomando como referencia la divisa estadounidense.
Para quienes accedieron a esos acuerdos hacia fines de 2023 o durante 2024, la decisión podía parecer especialmente conveniente. La Argentina acababa de atravesar una fuerte devaluación y la inflación seguía en niveles extraordinariamente elevados. Sin embargo, durante buena parte de 2024 el tipo de cambio oficial avanzó a un ritmo inferior al de los precios internos. Ese proceso, conocido como apreciación real del peso, modificó la relación entre los ingresos dolarizados y el costo de vida.
El fenómeno resulta sencillo de entender. Un trabajador que cobra US$ 2000 mensuales y no recibe aumentos conserva exactamente la misma cantidad de dólares. Pero si los precios de los alimentos, el alquiler, el transporte y otros servicios aumentan más que el tipo de cambio, esos US$ 2000 permiten comprar menos cosas en la Argentina.
Mientras tanto, un trabajador que cobra en pesos puede recibir actualizaciones salariales que compensen, total o parcialmente, la inflación.
La diferencia es importante. El primero tiene un ingreso nominalmente estable en dólares, pero no necesariamente estable en términos de poder adquisitivo. El segundo enfrenta el riesgo de una devaluación, aunque también puede beneficiarse de los ajustes salariales que negocie con su empleador.
El dólar también perdió contra la inflación argentina
La evolución de los precios y del tipo de cambio desde diciembre de 2023 permite dimensionar esta paradoja.
Tomemos como ejemplo a un empleado que comenzó a cobrar US$ 2000 mensuales a fines de 2023 y mantuvo esa remuneración sin aumentos hasta julio de 2026. Con un dólar oficial minorista de aproximadamente $ 847 en diciembre de 2023, su remuneración equivalía a $ 1,69 millones. En julio de 2026, con una cotización cercana a $1511, esos mismos US$ 2000 representaban algo más de $ 3 millones.
Es decir, expresado en pesos, su ingreso había aumentado alrededor del 78%. Sin embargo, durante ese período los precios internos habían crecido mucho más. De acuerdo con la serie histórica del Índice de Precios al Consumidor (IPC) del INDEC, el índice nacional pasó de 3533,19 puntos en diciembre de 2023 a 12.076,39 en julio de 2026. Esto representa una inflación acumulada del 241,8%.
La comparación es contundente. Mientras el dólar oficial aumentó alrededor del 78%, los precios se multiplicaron por 3,42. Como resultado, un trabajador que mantuvo congelado su salario en dólares desde diciembre de 2023 perdió aproximadamente el 48% de su poder adquisitivo en la Argentina hasta julio de 2026.
La magnitud del deterioro se aprecia todavía mejor con otro cálculo. Para mantener en julio de 2026 la misma capacidad de compra que tenía en diciembre de 2023, ese empleado habría necesitado cobrar aproximadamente US$ 3830 mensuales. Es decir, un aumento cercano al 91% en dólares.
El ejercicio utiliza el dólar oficial minorista vendedor de cierre de cada mes y la evolución del IPC nacional. Es una simulación, no una medición de los acuerdos salariales efectivamente celebrados por las empresas. Pero permite observar algo que durante muchos años parecía contradictorio para los argentinos: se puede cobrar en dólares y, al mismo tiempo, sufrir una pérdida importante del poder adquisitivo.
Esto no significa que todos los trabajadores que dolarizaron sus ingresos hayan salido perjudicados. El resultado depende de cuándo comenzaron a cobrar en dólares, de los aumentos que hayan recibido, del tipo de cambio utilizado y de la composición de sus gastos. Pero sí demuestra que mantener una remuneración fija en moneda extranjera no garantiza protegerla frente al aumento de los precios argentinos.
¿Y los que siguieron cobrando en pesos?
La comparación con los salarios en pesos introduce otro elemento interesante y permite dimensionar cuánto influyeron las políticas de actualización salarial.
Los trabajadores que continuaron percibiendo sus remuneraciones en moneda nacional también atravesaron períodos de pérdida de poder adquisitivo. Sin embargo, muchos recibieron actualizaciones periódicas mediante acuerdos paritarios, negociaciones individuales o decisiones de sus empleadores.
De acuerdo con las series del INDEC, el salario promedio del sector privado registrado aumentó aproximadamente un 9% en términos reales entre diciembre de 2023 y julio de 2026. Es decir, sus incrementos nominales superaron la inflación acumulada durante ese intervalo.
El contraste con un salario congelado en dólares es considerable. Mientras el primero ganó alrededor del 9% de poder adquisitivo, el segundo perdió aproximadamente el 48%.
Sin embargo, es importante explicar por qué se produce ese resultado. Diciembre de 2023 fue un mes particularmente desfavorable para los salarios en pesos, debido a la devaluación y a la aceleración inflacionaria. De hecho, si en lugar de diciembre se toma noviembre de 2023 como punto de partida, la conclusión sobre los salarios privados registrados cambia: en julio de 2026 todavía se encontraban un 3,4% por debajo de su poder adquisitivo de aquel mes.
Ambos datos son compatibles. Muestran que los salarios en pesos sufrieron inicialmente una caída muy fuerte, luego se recuperaron durante 2024 y parte de 2025, y posteriormente volvieron a registrar cierto deterioro.
La comparación con los ingresos dolarizados permite extraer una conclusión relevante: la ventaja no estuvo necesariamente en cobrar en pesos, sino en haber recibido actualizaciones salariales que acompañaran el aumento del costo de vida. Y el resultado puede cambiar rápidamente si se produce una devaluación significativa.
Un nuevo desafío para los empleadores
La posibilidad de pagar remuneraciones directamente en dólares introduce nuevas decisiones para las áreas de Recursos Humanos, especialmente en empresas que compiten por profesionales altamente calificados.
Durante años, ofrecer una remuneración dolarizada fue una herramienta para atraer y retener talento. En determinados sectores, representaba incluso una ventaja competitiva frente a empleadores que solamente podían ofrecer salarios en pesos. Una empresa que fija el salario de un empleado en dólares puede considerar que le está ofreciendo estabilidad. Sin embargo, si esa remuneración permanece sin modificaciones durante varios años, el trabajador podría experimentar un deterioro de sus ingresos reales, aunque siga cobrando la misma cantidad de divisas. Esto puede generar tensiones cuando otros empleados de la misma organización, remunerados en pesos, reciben actualizaciones periódicas.
Para las compañías, el desafío consiste en encontrar mecanismos que permitan mantener la competitividad salarial sin introducir incertidumbre excesiva en sus costos laborales. Entre las alternativas aparecen las revisiones periódicas de remuneraciones dolarizadas, los esquemas mixtos y los mecanismos de actualización vinculados con indicadores previamente acordados.
También resulta necesario definir qué tipo de cambio se utilizará como referencia, cómo se calcularán los aumentos y de qué manera se evitarán diferencias difíciles de justificar entre empleados que cumplen funciones similares. La legislación permite pagar en moneda extranjera, pero eso no elimina la necesidad de diseñar una política salarial consistente.
¿Qué conviene elegir?
No existe una respuesta universal. Cobrar en dólares puede resultar atractivo para quienes buscan ahorrar en esa moneda, tienen gastos dolarizados o consideran especialmente importante protegerse frente a una eventual devaluación.
Cobrar en pesos, por su parte, puede resultar conveniente cuando existen mecanismos de actualización salarial que acompañan la inflación y el tipo de cambio evoluciona por debajo de los precios.
También influye el horizonte temporal. Una remuneración dolarizada puede ofrecer ventajas en determinados momentos y perderlas en otros. Lo que sí parece haber cambiado es la idea de que cobrar en dólares constituye, por sí solo, una garantía de estabilidad económica. La experiencia argentina desde fines de 2023 muestra que la protección del poder adquisitivo depende tanto de la moneda elegida como de la evolución de los precios, el tipo de cambio y las políticas de actualización salarial.