Desirée Orellano: “La gente no se va por el salario, se va por no ser vista”

Desireé Orellano
Psicóloga especializada en medicina del estrés y con más de dos décadas al frente de departamentos de recursos humanos, Desirée Orellano, ahora consultora independiente, propone un cambio profundo en la manera en que las organizaciones entienden la productividad, el liderazgo y el bienestar

Durante años, las empresas intentaron medirlo todo: resultados, desempeño, cumplimiento de objetivos, métricas de productividad. Sin embargo, hay una dimensión que durante mucho tiempo quedó fuera de los reportes, los dashboards y los OKR: la salud emocional de las personas. La pandemia aceleró una conversación que venía gestándose en silencio: la necesidad de hablar de estrés, ansiedad, agotamiento y bienestar real dentro de las organizaciones, no como un beneficio accesorio ni como una acción de marketing, sino como un aspecto central de la gestión.

En ese cruce entre el mundo clínico y el corporativo se mueve Desirée Orellano. Psicóloga, especialista en medicina del estrés y en psico-neuro-inmuno-endocrinología clínica, atiende en su consultorio a personas atravesadas por la ansiedad y el desgaste, mientras sigue vinculada al ámbito organizacional, donde trabajó durante 20 años liderando áreas de recursos humanos. Su mirada combina ciencia, experiencia de campo y una fuerte convicción: las empresas que no se animen a abordar las emociones de su gente, tarde o temprano pagarán un precio muy alto.

−Todo el tiempo estamos aparentemente midiéndonos con resultados, si dimos los pasos que había que dar en el día, si nuestras emociones están calibradas… ¿Qué pasa en la mente cuando incluso el bienestar se vuelve algo que tenemos que medir?

−La verdad es que es muy exigente. Hoy en día la gente se exige mucho en el hecho de querer lograr el bienestar al 100%. Hay personas que acuden a mi consultorio directamente y me dicen que quieren estar en un estado de perfección emocional, evitar las emociones o dejar de sentir ansiedad o tristeza, y estas son emociones básicas que, lamentablemente, tenemos que transitar y afrontar, porque nos sirven para tramitar las cuestiones que nos hacen sufrir. Lo que más se ve en el consultorio es que estamos desconectados emocionalmente, y esta desconexión nos lleva justamente a generar más ansiedad. No queremos sentir esas emociones que supuestamente son displacenteras, y eso nos conduce al estrés.

−Tenés muchos años de experiencia en organizaciones y el tema de las emociones es algo que surgió en los últimos años, tal vez después de la pandemia. ¿Antes no había emociones en las organizaciones? ¿Qué pasaba, las poníamos debajo de la alfombra?

−En general, en las organizaciones nos cuesta ser genuinos. Además, existe un juicio hacia los colaboradores, pensando que si se sienten mal emocionalmente, si está deteriorada de alguna manera su salud mental o están estresados, dejan de ser productivos. Justamente tenemos que ocuparnos de que los desafíos que todos los días se proponen generen motivación, que las personas se sientan a gusto con su trabajo y que sean libres de expresarse emocionalmente, que puedan ser genuinas. No somos máquinas, somos seres humanos, la única especie que realmente puede experimentar emociones. 

−La Organización Mundial de la Salud ha revelado que una de las condiciones más negativas de nuestra era es el estrés. Ahora, ¿el estrés nos indica que algo anda mal o nos está mostrando que ahí están las cosas que nos importan y por eso nos estresamos?

−Pueden ser ambas cosas. Tenemos que aprender a distinguir, tanto en lo personal como en las empresas, el estrés bueno del estrés malo. Existe un tipo de estrés que se llama eutrés, que nos impulsa, que nos lleva al desafío. Ese nivel de presión y motivación es necesario, y eso es un trabajo que tienen que ejercer los líderes. No podríamos vivir sin estrés, pero hoy se le dice estrés a todo. Tenemos que diferenciar el estrés positivo que impulsa, del estrés crónico o negativo en el que hay sobrecarga, agotamiento de la capacidad de adaptación y empiezan a aparecer síntomas como ansiedad, deterioro de las funciones cognitivas, problemas de concentración, memoria, capacidad de análisis e incluso patologías más graves, como depresión. Tiene que ver con la inadaptabilidad y el agotamiento mental.

−Otro tema que mencionaste es el estrés crónico. Muchas personas lo sostienen con la idea de que “hay que seguir adelante”, ¿qué impacto tiene eso en la salud?

−Hoy el mundo está acostumbrado a que si no somos productivos, no servimos, y que la productividad está ligada al éxito. Y que debemos ser suficientemente buenos en generar resultados, buen clima laboral, en ser productivos y además ser buenos padres, estar en forma, ser buena pareja… las exigencias son demasiadas. Las consecuencias emocionales que hoy se ven no tienen que ver solo con el estrés crónico, sino con patologías más graves. El consumo de psicofármacos producto del estrés crónico y la sobrecarga es elevadísimo en la Argentina y en América Latina. La Argentina encabeza el ranking de estrés crónico, según datos observados en investigaciones recientes. Las personas sienten que la meritocracia no existe, que por más esfuerzos que hagan no llegan a fin de mes, que la inseguridad crece. Todo eso genera niveles muy altos de estrés.

−En este contexto que excede el control individual, ¿qué pueden hacer las organizaciones para paliar de alguna manera esta situación?

−Lo primero es empezar a trabajar en el bienestar de las personas, en el clima laboral, sin que sea una acción de marketing de Recursos Humanos. Hoy el bienestar no puede ser un beneficio accesorio: tiene que ser prioridad. Los líderes y los mandos medios tienen que ser un brazo de Recursos Humanos. Después de más de 20 años en el área, puedo decir que la gente no se va a acordar de las facturas de los viernes, ni del regalo de cumpleaños. La gente se acuerda del día que llegó triste y alguien estuvo ahí para escucharla y apoyarla. Eso es lo que realmente genera sentido de pertenencia. 

−Pero ese líder que escucha y contiene también tiene su propio estrés. ¿Cómo se fortalece?

−Trabajando sus propias emociones. Es fundamental que en las empresas se brinden talleres de gestión emocional, manejo del estrés, de la frustración y de la sobrecarga. Hoy, en el consultorio el 90% de las personas consulta por ansiedad. Las personas están desconectadas de sí mismas, no se registran, no escuchan su cuerpo ni sus emociones. Este hábito de conexión es algo que también deberían promover los líderes.

−¿Cuál es la diferencia entre estrés y ansiedad, que muchas veces se confunden?

−El estrés aparece cuando la carga que tengo supera mi capacidad de resistencia. Puede ser positivo o negativo. Cuando se vuelve crónico, aparecen síntomas emocionales y físicos. La ansiedad es una emoción asociada al malestar, que puede derivar en crisis de ansiedad o ataques de pánico. Muchas veces el estrés por desadaptación genera ansiedad. Van de la mano.

−¿Qué síntomas físicos pueden alertarnos de que algo no está bien?

−Dolores de cabeza, rigidez muscular, contracturas. Es importante hacer un escaneo corporal, registrar qué partes están tensas. Cuando el cuerpo está tenso, le avisa al cerebro que hay una amenaza, y el cerebro responde con neurotransmisores asociados al malestar.

−En empresas donde todo se mide en productividad, tomarse 10 minutos para conectarse puede verse como pérdida de tiempo. ¿Cómo se rompe con esa idea?

−Explicando los beneficios. Curiosamente hay permiso para ir a fumar cinco minutos, pero no para conectarse con uno mismo. Sin embargo, esas pausas activas generan mayor claridad, bienestar y productividad después. No se trata de perder el tiempo, sino de recuperar equilibrio.

−¿Cómo impactó el trabajo remoto en el manejo del estrés?

−Se vio que muchas personas necesitaron volver a la oficina por una cuestión de vida social. El ser humano necesita el contacto, el café compartido, la charla cotidiana. Lo ideal es un modelo mixto: aprovechar las ventajas del trabajo remoto sin perder el vínculo humano. 

−El trabajo remoto también desdibujó los límites de la jornada laboral. ¿Cómo se maneja eso?

−Los colaboradores deben aprender a poner límites. No somos robots que puedan separar completamente la vida personal de la laboral. Lo importante es aprender a reconocerlo y hablarlo. Los límites son sanos.

−¿Qué sucede con las nuevas generaciones y el estrés?

−Las nuevas generaciones buscan equilibrio, ponen límites, exigen propósito y desafíos. Un líder que no se adapta a eso va a tener muchas dificultades para liderar. Hoy el rol del jefe es el de un facilitador que acompaña y guía.

−¿Qué mito sobre la salud mental en las organizaciones habría que derribar urgentemente?

−La idea de que una persona con problemas emocionales deja de ser productiva. Sigue existiendo mucho prejuicio. La salud mental debe ser tratada como cualquier otra dimensión de la salud: con seriedad, empatía y acompañamiento.

−¿Por dónde se empieza ese cambio?

−Por la prevención, por habilitar la vulnerabilidad, por permitir que las personas sean genuinas. Un líder que asume una posición tiene que entender que también debe ocuparse del mundo emocional de su equipo.

Las personas no van al trabajo a sufrir, van a crecer, a desarrollarse y a aportar lo mejor de sí. Y eso no puede suceder si están atravesadas por el miedo, el estrés o el juicio.

−¿Estamos frente a un cambio de paradigma en el liderazgo?

−Sí, sin duda. Pero todavía falta mucho camino por recorrer. El liderazgo ya no se mide sólo por resultados, sino por la capacidad de construir buenos equipos, ambientes sanos y personas emocionalmente sostenidas. Creo que vamos en camino, pero todavía tenemos mucho trabajo por hacer.

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